lunes, 18 de junio de 2007

¿Por qué La puerta de San Romano?

Pocas novelas me han conmovido tanto como El ángel sombrío (Mika Waltari, 1952). La tensa y dura espera de la muerte durante el sitio de Constantinopla en 1453 es retratada por el escritor finlandés haciendo gala de una vena romántica y crepuscular que dejan grabada en la memoria el amor condenado desde el principio por la inminencia de la tragedia.

Juan Angelos y Ana Notaras son dos amantes desesperados que encuentran a su alma gemela durante el derrumbe de su mundo. Ninguno de los dos desea sobrevivir a la caída de la ciudad y solo viven el día entre el retumbar de los cañones y la lucha en las murallas de la condenada capital de lo que una vez fuera el Imperio Romano.


De entre todos los posibles puntos de colapso de las murallas, las tropas turcas eligen la puerta de San Romano, el lugar donde el protagonista tiene una cita con el destino...



Una vez, en Hungría, antes de la batalla de Varna, estuve en un terremoto. Los caballos, espantados, rompían sus ataduras; las bandadas de pájaros parecían remolinos en el cielo, las tiendas eran arrastradas como hojas secas. La tierra se estremecía y resquebrajaba. Fue entonces cuando, por primera vez, se me apareció el ángel de la muerte. Era un hombre exangüe y de expresión triste; pero tenía mi propia imagen, como si fuese yo mismo viniendo a mi encuentro. Sólo me dijo: "Volveremos a vernos".
Fue en los pantanos de Varna cuando lo vi por segunda vez... Estaba detrás de mí cuando los húngaros, en su huida, dieron muerte al cardenal Cesarini. Puede verlo porque en aquel preciso instante volví la cabeza. Era él, el ángel de la muerte, mi propia imagen. De nuevo me habló y sus palabras fueron las mismas que la primera vez: "Volveremos a vernos". Pero luego añadió: "En la puerta de San Romano".
En aquel momento sus palabras no significaron nada para mí, pero ahora he empezado a comprenderlas—: No soy un ladrón. El favor del sultán puede convertir a un esclavo en un hombre más poderoso que muchos príncipes de Occidente...
Tras la batalla, fui conducido, en compañía de otros prisioneros, ante el sultán Murad. Su victoria había estado pendiente de un hilo. Sus fláccidas mejillas y las bolsas bajo sus ojos mostraban bien a las claras el temor y la excitación que había soportado. Era un hombre bajo y de carnes fofas, debido a la vida inactiva que llevaba.
Muchos de los prisioneros levantaron la mano ofreciendo su rescate a gritos; pero a sus ojos todos éramos perjuros y violadores de tratados. Su confianza en una paz permanente había sido tal que había abdicado en favor de Mohamed, escogiendo un tranquilo retiro en los jardines de Magnesia.
Ahora nos obligaba a escoger entre el Islam o la muerte. La tierra que pisábamos rezumaba sangre de todos aquellos que se habían arrodillado ante el verdugo. —Tomé aliento de nuevo y proseguí—: Pero Murad era un hombre hastiado y prematuramente envejecido. Desde que su hijo favorito pereciera ahogado no sentía placer alguno en el ejercicio del poder. A su vez, ahogaba sus penas en la bebida, en compañía de letrados y poetas. Sin embargo, no era sanguinario.
Cuando llegó mi turno, me miró como si mi presencia no le desagradase, pues me dijo: "Aún eres joven.“¿Qué gusto le encontrarás a la muerte? !Reconoce al profeta¡".Yo respondí: "Soy joven, en efecto, pero estoy dispuesto a pagar la deuda debida por todo ser huma-no, al igual que también tú tendrá que pagarla algún día, !oh gran sultán¡".
Mis palabras parecieron complacerle y no insistió en que abrazara el Islam. "Tienes razón —dijo—. Llegará el día en que una mano desconocida mezclará mis cenizas divinas con el polvo de la tierra". Acto seguido movió una mano en señal de que se preservase mi vida. Había sido un capricho..., un antojo del momento... Mis palabras habían hecho brotar una rima en la poesía de su alma...

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